domingo, 4 de noviembre de 2012

LA EDUCACIÓN: UNA CUESTIÓN DE CLASE (II)


“La educación pública es la educación de la clase obrera, ganada al calor de las luchas, y por todo ello, la educación también, como todo en este mundo capitalista, es una cuestión de clase.”

El 21 de septiembre se aprobó en el consejo de ministros el anteproyecto de la Ley Orgánica de Mejora de la Calidad de la Educación (LOMCE). La contrarreforma del ministro Wert supone un salto cualitativo en los ataques a la educación pública, en todos y cada uno de sus aspectos. Parece increíble, pero sólo hace escasos 10 meses que el actual ejecutivo que intenta gobernar los restos del Estado español tomó posesión de sus cargos. Entre ellos José Ignacio Wert, que fue “premiado” por su labor como buen vocero desde su tribuna del grupo PRISA con la cartera del ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Al poco tiempo de esto hizo evidente su propósito con la siguiente sentencia “la educación pública ha dejado de contribuir a la sociedad”. Toda una declaración de intenciones que quedó plasmada en los presupuestos del año 2012, en los que se recortaron 21.000 millones de euros en el presupuesto educativo y en los otros 3.000 millones de abril recortados por nota de prensa, demostrando el valor y las formas de este gobierno que a cada día que pasa recuerda a otras épocas. No es de extrañar entonces que desde los PGE del año 2008 a los futuros del 2013, el presupuesto dedicado a la partida de educación se haya visto reducido en un 86%.


La educación (pública o no) hay que entenderla también en su relación con el sistema donde se desarrolla. En ningún caso la educación es una isla al margen, donde se puede hacer o deshacer al antojo de la “intelligentsia” del país. No, la educación es parte de la superestructura capitalista. Es uno de los engranajes – posiblemente el más importante – que permiten la reproducción de las condiciones de explotación y dominación social del capital. Un elemento clave para mantener la distinción y división entre clases sociales – y en las mismas clases. Además esto es indiscutible, y para entenderlo sólo tenemos que fijarnos en el objetivo último a corto, medio o largo plazo que esperamos conseguir de un proceso formativo: conseguir un trabajo acorde a lo que hemos estudiado. Para poder entender el profundo clasismo de la contrarreforma de Wert y todas sus medidas contra la educación, como el recorte de los 24.000 millones para el 2012 y la subida de tasas, es necesario entender que sobra mano de obra profesional y cualificada y falta precisamente lo contrario, mano de obra sin cualificar. Este punto lo explicó hace unos meses Isaac Rosa en un artículo llamado Los recortes en educación explicados a lobestia.

Al final, como se explicó en el artículo anterior – de manera rápida y tosca –, la educación sólo es posible para aquellos que tengan los medios económicos y materiales suficientes para poder pagarla. Quien puede permitirse un colegio privado, la academia para preparar exámenes y quien puede hacer frente a los precios prohibitivos de la universidad, tanto de los grados como de los posgrados es la clase que tiene bajo su control la mayor parte de los recursos. Quienes no tienen esa capacidad, quienes se valen únicamente de su fuerza de trabajo para crear una riqueza menor, se verán obligados a mandar a sus hijos a la escuela pública, a la que pretenden convertir en un bien de carácter subsidiario, en un hospicio donde los hijos de los trabajadores serán atendidos caritativamente y recibirán una formación básica sin ningún tipo de calidad. El despido de 50.000 profesores, el aumento de las ratios por aula, la eliminación de itinerarios y optativas, la desaparición de las becas comedor, la eliminación de rutas de autobús, de programas para la integración de los más desfavorecidos y contra la exclusión, la desaparición de escuelas en municipios pequeños… y cientos de cosas más es lo que destruye la educación pública tal y como la conocemos.

Todas estas medidas retrotraen nuestra memoria a un pasado no muy lejano de la historia de este país. 40 años de dictadura mostraron los resultados del clasismo en la educación, de hacer de la enseñanza un coto privado (nunca mejor dicho) para la Iglesia, y la represión de los maestros y de las diversas culturas del país. Sus medidas recuerdan mucho a las que hoy se busca aprobar. En 1947 se establece en la Ley de Educación Primaria la posibilidad de elegir a profesores directamente sin título o prueba para el cargo. El anteproyecto de Wert (re)introduce la capacidad del director de elegir profesores de la plantilla a dedo, sin la necesidad de pasar trámite de oposición alguno. Un poco más adelante, en 1953, la Ley de Ordenación de la Enseñanza Media introduce dos cuestiones interesantes: por un lado tenemos “la descongestión de los programas para que el alumnado aprenda mejor las disciplinas esenciales”, es decir, eliminación de itinerarios y optativas y dejar una formación general básica que no permite al estudiante empezar a abrirse a distintas ramas y  especializaciones, por lo que la formación se vuelve repetitiva y sobre todo, corta. Por el otro lado “establecimiento de una prueba intermedia al final del cuarto año”, con el pretexto de medir el nivel y garantizar así que sólo los más aptos pasen al siguiente ciclo. La reválida en cuarto de la ESO parece copiada de este punto de la ley del 53 ¡¡para que luego se quejen cuando llamamos franquista nostálgico al ministro Wert!! Que esta medida es clasista y provoca la expulsión de cientos de jóvenes del sistema educativo – en su mayoría de familias obreras – es un hecho probado y con datos recogidos en el propio franquismo. Es en 1969, cuando se publica el Libro Blanco de la educación en los años 40, 50 y 60, donde se expone que el sistema de revalidas estrangula el  proceso formativo y expulsaba a cerca del 40% de los jóvenes, que eran mano de obra barata y sin cualificar en un mercado atroz que los absorbía como “aprendices” sin ningún tipo de derecho laboral, cobrando salarios de nada o menos de nada, y eso cuando no tenían que pagar a su formador. Estos datos son principalmente recogidos en ciudades, la situación en el campo es extremadamente peor, siendo la falta de escolaridad durante esas décadas altísima, al igual que los índices de analfabetismo rural. Las escuelas rurales se encontraban en municipios grandes, a donde se desplazaban los jóvenes de los pueblos de alrededor de la forma en que pudiesen. En una misma clase se agrupaban niños de distintas edades, ya que no había dinero suficiente para clases de edades diferenciadas. El fracaso escolar de este modelo es un hecho. En algunas comarcas de León y Galicia, el cierre de escuelas de pequeños municipios y el despido de profesores interinos este curso 2012/2013 ha provocado una vuelta a esta situación de marginalidad educativa. ¿Quién es el radical y extremista? ¿Los estudiantes que luchamos por nuestros derechos, o el ministro que permite que niños tengan que recorrer 50 kilómetros para llegar a su colegio y que en este no haya profesores para atender sus necesidades?

En 1970, La Ley General de la Educación se hace eco de los datos del Libro Blanco y en su reforma del sistema educativo elimina la reválida después del cuarto curso. Hay quien dirá que en eso nada tiene que ver la necesidad de una mano de obra más cualificada, que si bien el Estado español era sol y playa, durante los 60, 70 hubo un leve proceso de industrialización que requería de una mano de obra mejor formada. Sin embargo, como ya se ha dicho, la educación es uno de los elementos de reproducción de las condiciones de explotación, dominación del Capital y de reinversión de su técnica procedimental.  Cuando el crecimiento económico lo requirió, el capital invirtió en educación; cuando la situación económica atraviesa una época como la actual, la inversión en educación es irrisoria.

A dónde nos llevan es algo incierto y terrorífico. En 1981 el INE recogía las siguientes tasas: el analfabetismo rondaba el 8%, el porcentaje de población sin estudios el 23%, mientras que los que habían acabado la formación primaria eran el 42%. A partir de aquí descenso en picado: los que llegaban a segundo ciclo de EGB eran un 12%, los que conseguían la formación en secundaria un 7% y los jóvenes con formación universitaria el 3%.[1] Estos son los datos del franquismo, este es realmente el resultado de la aplicación de una política educativa clasista y retrograda.

La universidad no era algo anormal, hay que reconocer. Durante los años 60-70, la media europea de trabajadores con formación universitaria era del 9%. Podemos imaginar qué parte de esos porcentajes pertenecía a hijos de trabajadores, los grandes excluidos de la formación superior. Y ahora volvemos a lo mismo. Sólo en la Universidad Autónoma de Madrid se ha reducido en un 25% el número de matriculados. Un 25% que sale de los que menos recursos tienen, que en un momento como el actual tienen un nombre concreto, los hijos de los trabajadores.

Hace 26 años, en el curso del 86/87, el gobierno felipista redujo la inversión en educación en un 15% y esto afectó a la universidad con una reducción del 60%. En el curso del año 86/87 surgió el Sindicato de Estudiantes, organización combativa en defensa de los derechos de los hijos de los trabajadores y de carácter revolucionario. Aquel curso fue un año de luchas y victorias históricas, nuestros padres fueron conquistando derechos para que ellos y sus hijos pudiésemos tener un futuro mejor. El sindicato de Estudiantes se convirtió en la herramienta de la juventud para llevar a cabo sus luchas, y su mensaje revolucionario fue compartido por miles de jóvenes en todo el Estado. Siempre hemos sido consecuentes, la transformación del mundo pasa por la transformación de la educación, por la eliminación del clasismo y del oscurantismo religioso, pero la transformación de la educación jamás podrá ocurrir sin la superación del sistema capitalista, sin la transformación revolucionaria de la sociedad en líneas socialistas. Hoy nos toca a nosotros levantar la bandera de nuestros padres y luchar por nuestros derechos que quieren arrebatarnos. La próxima Huelga General del 14 de noviembre es un momento clave para impulsar la lucha de los estudiantes. Obreros y Estudiantes, unidos y adelante. Hoy nos toca también recuperar aquel viejo grito que nunca murió de “el hijo del obrero, a la universidad”.



[1] Juan Ignacio Ramos, 20 años de Historia, 20 años de Lucha, Sindicato de Estudiantes, año 2006 Fundación Federico Engels. 

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